Juan Pablo Cárdenas Squella

martes, octubre 11, 2005

Dueños de Chile

Nuestra flaqueza democrática se explica muy fundamentalmente en la intolerancia que demuestran las autoridades y los distintos referentes políticos y sociales. Los malos hábitos se prodigan al interior de las organizaciones, pero también en nuestras prácticas cotidianas, donde la opinión del adversario, del que no piensa exactamente como queremos, es descalificada y desatendida a la hora de adoptar decisiones

Nuestros presidentes no son nuestros primeros mandatarios y, con frecuencia, creen que debe hacerse su voluntad pese a la opinión del pueblo y de las demás instituciones republicanas. La orden de partido a menudo suplanta la conciencia individual de los legisladores y su mandato de representar a sus electores. Asimismo, hay un número de entidades patronales e ideológicas que creen que las leyes deben a estar hechas a la medida de los intereses nacionales que, por supuesto, siempre calzan con sus propios objetivos y concepciones.

De esta forma, poderosos empresarios, caprichosos políticos y arrogantes intelectuales constantemente nos indican lo que hay que hacer y a lo que hay que someterse, seguros de que el país les pertenece y que la democracia debe acotarse a los límites impuestos por modelos sacrosantos y perennes. En este sentido, curiosamente son ahora los militares los que dan el mejor ejemplo de tolerancia al aceptar las resoluciones de la justicia y las duras críticas que todavía se le hacen a sus despropósitos del pasado histórico y reciente.

La economía es únicamente regida por los empresarios y por los tecnócratas que sostienen. La política no sale de la capilla de los disminuidos partidos y de sus “operadores” electorales. La cultura y los grandes medios de comunicación en manos de unos cuantas familias que se dejan “encantar” por el poder de turno y le aseguran una oposición discreta. Todo un engranaje cupular que controla el poder y está dispuesto a hacer lo que sea para garantizarse que el afán de lucro se imponga sobre las asfixiadas demandas de los trabajadores, las severas advertencias de los ecologistas y aquellas ideas que pudieran alterar el orden actual en que sólo algunos deciden y los más sólo deben acatar.

Los recursos disuasivos se multiplican para garantizar que el país funcione así y desde el exterior se nos aplauda por los macrosantos logros. Aunque se mantengan las iniquidades en materias de distribución de la riqueza, posibilidades educacionales y derechos sociales. En un país segregacionista en que los que más ganan no están dispuestos a desprenderse de un mínimo porcentaje de sus utilidades en favor de los salarios más disminuidos; en que se ha hecho grotesca la distancia entre estudiar en un colegio público o privado; atenderse en un hospital o una clínica privada; vivir en los barrios altos y las llamadas poblaciones.

La televisión como droga para adormecer la conciencia social. Rebaja de la edad penal y cárceles para los niños desquiciados. Lacrimógenas y guanacos para los estudiantes que se manifiesten sin la debida autorización. Notarios que rechazan atender los trámites ciudadanos de los mapuches; candidatos que niegan entrevistas a algunos periodistas; barrios y centros sociales que discriminan por el color de la piel; esquinas y calles acotados y bajo vigilancia para los extranjeros indeseados. Cámaras y micrófonos por doquier por donde circule y se concentre el pueblo.

Sindicatos y centrales de trabajadores que no crecen nada y exacerban sus caudillismos y diferencias intestinas. Organizaciones de izquierda que abundan en siglas y divisiones callampas. Referentes empecinados en que el sistema electoral tenga un traspié y... les permita colocar uno o dos exponentes en un congreso nacional sin poder y dignidad republicana. Demandas provincianas que caen en el vacío de la displicencia santiaguina. Elucubradores ilusos que sueñan que Chile deberá ceder a los cambios que se experimentan en el Continente o en el mundo...

Cuando la única solución, ya sabemos, está en que los humillados y excluidos superen sus sectarismos. Converjan, al igual que los que mandan, en sus intereses. Concilien formas de expresión y movilización que ganen la confianza de los que son más y logren batir la arrogancia de los que son menos, pero se saben dueños completos de Chile, su presente y porvenir, mientras reinen la confusión y dispersión disfrazadas de modernidad y democracia.